La frecuencia colectiva
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La frecuencia colectiva
Recuerdo el olor del cuarto piso de la biblioteca. Antes de ser esta estación de cristal y madera clara, yo era solo un guion sobre una mesa y una serie de renders que prometían un futuro. En aquel entonces, mi voz no viajaba por el aire, sino que se quedaba atrapada en una grabadora Zoom, en salas improvisadas donde el silencio era un lujo y el sueño de una antena propia parecía una expedición científica de largo alcance.
Vi cómo el edificio se levantaba, pieza por pieza, mientras yo crecía con él.
Entré aquí por una serie de accidentes afortunados. Quizás fue un error administrativo en mi expediente, o tal vez fue aquel póster que vi en mi primer semestre de ingeniería y que me sacó de los cálculos estructurales para lanzarme al diseño sonoro. Al principio, era puro nerviosismo; era ese "septiembre" eterno donde mis manos temblaban frente a la consola y mi voz buscaba una identidad que todavía no encontraba.
He sido el colombiano que trae el sabor de las arepas y el rigor del periodismo cultural detrás de Tour Gourmet. He sido la ingeniera mecánica que rompe su organización lógica para entender el caos del Rock y el Metal los viernes por la tarde. He sido "la guminola" que esperó años, entre promesas y cambios de directiva, viendo cómo una idea se convertía finalmente en una realidad tangible.
Aprendí que la radio no es solo "creerse experto". Es investigar hasta que los ojos arden, es editar cortinillas con la precisión de un cirujano y es, sobre todo, aprender de quienes me cuidan: de la guía constante de Bettina, Macu, Villa, Juan Carlos, Lizzy y Esteban. Ellos me enseñaron que la cabina es un lugar seguro, un laboratorio de gestión de tiempo y confianza donde el error es simplemente el borrador de un gran programa.
Hoy, mi semana es una geografía de sonidos. Los lunes habito en Encapsulados, los martes me muevo en el ritmo de Animarte, los miércoles me sumerjo en el "Detrás de Cámaras" de Las Mininas de Velázquez y, de vez en cuando, me pierdo en los Ecos Sonoros.
He descubierto una versión de mí que no conocía. Una que puede operar una consola mientras entrevista a una banda local, que puede hablar de arte y de técnica con la misma pasión. Me llevo amigos que son familia y la certeza de que mi carrera, sea cual sea, ahora tiene una dimensión que no se mide en créditos, sino en conexiones humanas.
Miro la antena y sé que, aunque pronto me toque despedirme y las lágrimas sean inevitables, mi huella se queda en la frecuencia. Porque Radio ITESO no es un edificio; es este espacio donde aprendí que lo más valioso que puedo ofrecer es mi propia voz, mezclada con la de todos los demás.
Soy todos ellos. Soy la radio. Y aquí, finalmente, me escucho.